Tuve una revelación de esas que te sorprenden un día cualquiera a las tres de la tarde. Parada frente la reja negra, apoyé las bolsas del súper en el suelo y me descolgué la mochila del hombro derecho para buscar la llave. Entonces recordé una etapa que comenzó alrededor de los nueve o diez años y que terminó… no sé cuándo.
Durante todo ese tiempo sufrí de una terrible inseguridad, de una obsesión/compulsión (Ayúdeme aquí, Dr. Froy) que me mantenía nerviosa, angustiada…infeliz. Si un día tenía buena suerte en la escuela, al día siguiente trataba de repetir exactamente todos los pasos que había dado para mantener la buena fortuna.
Lamentablemente, las cosas no son tan fáciles y había días en que alguna compañera, seguramente más traumada que yo, simplemente decidía no hablarme. Mi estúpida falta de confianza me hacía pasar toda la tarde pensando en qué le había hecho o dicho para que ella se enojara conmigo. Me sentía triste, culpable e impotente.
No sé si es egocentrismo, omnipotencia, soberbia o simple trastorno de personalidad, pero ahí comenzó el problema de sentir que todo aquel que tiene un mal día o anda triste o enojado, está enojado conmigo. Y en consecuencia, mi desesperación por arreglarlo…
Gracias a Dios, en mi casa había alguien que notó lo que me sucedía…o tal vez se lo dije yo. Lo cierto es que una de esas tardes grises en que volví de la escuela y me escondí por ahí para ocultar la culpa, esta persona, como un hada madrina, me llevó a su habitación y con aire misterioso me dijo “Tomá, éste es un amuleto mágico. Nada malo te va a pasar mientras lo tengas, y si alguien se enoja o algo te sale mal, el amuleto lo solucionará pronto”. Y me puso en la mano un caracolito de mar con unos ojitos de plástico. Una de esas cositas que uno trae de recuerdo cuando va a la playa.
Seguramente ese caracolito no tenía nada especial. Salvo por la magia que mi hermana había puesto en él en su afán de protegerme. Por supuesto, debía devolvérselo, pero se convirtió para mí en el objeto más preciado del mundo. Me hice casi adicta a él. Lo llevaba en el bolsillo izquierdo de mi guardapolvo, para poder meter la manito en cualquier momento y encontrar la reconfortante textura áspera de su hechizo.
Ha pasado mucho tiempo y ya no recuerdo cuándo fue que dejé de pedírselo –o robárselo si ella no estaba-, no sé si aún lo tiene o si se ha perdido o roto en alguna de las tantas mudanzas que hubo desde entonces.
Sólo sé que hoy me saqué la mochila del lado derecho –no del izquierdo, como siempre- y nada malo sucedió. Y que ya sabía que nada malo iba a suceder, porque a mi superstición –y a mi obsesión- se las llevó el caracolito de Sol.
Parada frente a la reja negra, hoy me saqué la mochila del lado derecho, busqué la llave y abrí la puerta de mi casa. MI casa. Porque con todos los defectos que tengo, con todas mis inseguridades y mi eterna condición de culpable, detrás de mí cerré la puerta de mi casa –en la que vivo sola- y me sentí muy bien.
Escribo esto porque hay ciertas cosas que cuesta mucho modificar. Yo no pude cambiar la desesperación que siento por reparar cualquier daño –mayor o menor- que sufra alguien de mi familia –sea yo la culpable o no-. Pero pensándolo bien, creo que eso es algo que no desearía cambiar.
Cada día que pasa, me siento más y más afortunada y más agradecida.
Hermana, ésta te la debía. Siempre escribo sobre los demás, así que ahí te va. Espero que lo recuerdes.
Nota: No mami, no he olvidado, ni olvidaré jamás la pulsera anti-pesadillas. Mi más humilde agradecimiento por ella.