El anticristo bragadense

Schopenhauer decía que aquel que era cruel con los animales, no podía ser buena persona. No sé, arréglense con él…

La verdad es que de chicos éramos bastante malos con los animales, pero crueles lo que se dice crueles, no. Incluso cuando nos enteramos lo que hacía M. (solo pondré su inicial y diré que era/es hermano menor de uno de los pibes del barrio) con los gorriones, le dijimos que no fuera tan hijueputa; pero el sinvergüenza lo tomó como un piropo y lo siguió haciendo a carcajadas, para sentirse el más maldito del barrio.

Nunca escuché un acto de crueldad semejante. Era la creatividad e imaginación al servicio de la perversidad, aunque aun no cumplía los 11 años.

Como no lo dejábamos venir a cazar pajaritos con nosotros, por insoportable, problemático y desobediente (hoy diría por zarpado), el anticristo bragadense se entretenía en el patio de su casa.

Tenía una trampera para cazar pájaros, con un “corbatita” de señuelo que mucho no cantaba, tal vez por estar tantas horas al sol.

Para los citadinos que jamás vieron una trampera, les cuento que se trata de una jaulita de alambre, un cubo de más o menos 25 cm. por lado, donde se aloja un pájaro “cantor” (jilguero, cabecita negra, corbatita, etc) que funciona como llamador de sus congéneres.

La necesidad de comunicarse no es solo humana, por eso los plumíferos acuden al llamado y ahí es donde caen en la tentación, porque la jaulita tiene en la parte de arriba un compartimiento separado, como un altillo, donde se ponen semillas para que el visitante entre y “pise el palito”, un palito que hace caer una tapa que lo deja encerrado.

Atrapar pajaritos es fantástico, cualquiera que lo haya hecho bien lo sabe. Pero a nadie se le había, habría o hubiera ocurrido ni remotamente, hacer lo que hacía el anticristo.

Como cada dos por tres caía en la trampa un gorrión, pájaro inútil si lo hay, una tarde decidió experimentar, como un Menguele del tercer mundo.

De lejos gozó cual Mr. Burns cuando vio caer en la trampa al gorrión. Se acercó corriendo, bajó la jaula y levantando la tapa lo agarró con su mano izquierda. Lo miró como quien jura venganza, luego sonrió con ansiedad… es que tenía todo fríamente calculado.

Caminó ligero hasta el galponcito del fondo, donde tenía la mesa de trabajo preparada, y comenzó a ejecutar lo planificado. Con suma frialdad, sin cavilar ni mira de arrepentimiento, tomó el pomo de “La Gotita”, lo abrió con los dientes y contempló por última vez el brillo lagrimoso en los ojos oscuros del ave.

Con precisión de relojero pegó, sin chorrear una sola gota, los párpados del pobre pájaro. Sopló para que seque rápido y en menos de cinco segundos el gorrión estaba ciego, gritando como pichón con hambre.

M. sonrió de placer y cotejando que los ojitos no fueran a despegarse, lo lanzó al aire, riéndose a carcajadas, cual Luzbel en el séptimo infierno.

El pobre pájaro aleteó por instinto, pero sin rumbo claro fue a dar contra la casa vieja de enfrente, cruzando la calle. Dejo librado a la imaginación de cada uno lo que quiera creer sobre el destino del gorrión, un poco porque no recuerdo qué pasó, otro poco por la angustia.

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2 respuestas a El anticristo bragadense

  1. avatar Boudica dijo:

    Adhiero a Schopenhauer. Y con respecto a M… lo compadezco, aquél que nunca ha amado a un animal, no conoce el verdadero amor incondicional. Mal karma para él (Mi hermosa mamá diría: “A cada chancho le llega su San Martín”).

  2. avatar LA MULATONA dijo:

    Qué horror !

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