Bragado, comienzos de los años ´90.
Como buena ciudad de vanguardia, Bragado City, comenzó a orejear el porvenir, viendo la pinta fulera de un futuro imperfecto que con el tiempo sería nacional: La malaria menemista.
Como no teníamos ni un peso partido por la mitad, la pileta de los Millonarios o de Bragado Club, era una realidad inaccesible; casi sin darnos cuenta íbamos masticando el agridulce sabor de una utopía. Ni hablábamos de pileta, con correr tras el chorro bondadoso del tractor regador municipal o meternos bajo la canilla de la plazoleta del cementerio, estábamos hechos.
Una siesta de enero, bajo la sombra de los paraísos frente al cementerio, nos ilusionábamos con la llegada de algún entierro para poder cuidar autos y hacernos unos pesos. Eran también los inicios de un pensamiento solidario, casi socialista, pues el botín de monedas iba a un pozo común destinado a comprar artículos de pesca.
Cuando la tarde parecía perderse sin entierro alguno, el Mono, abrazado a una rama del árbol, pegó un grito cual Gaboto posmoderno: – ¡¡¡Ahí viene un entierro, ahí viene!!!.
¡Qué alegría por Dios! A guardar la gomera en la verija y correr hacia la caravana de autos. – “Yo cuido de esta lado y vos de aquel, eh”.
El coche fúnebre se acercaba lentamente a la cabeza de una carabana numerosa. – “Se ve que es alguien querido porque son como veinte autos” exageró el Toto Cariani.
La ansiedad y la risa contenida (porque éramos respetuosos) chocaban en cada pecho, y nos mirábamos con flequillo cómplice. –“Yo me quedo en cueros para dar más lástima” dijo el Mono, canchero en el arte de cuidar autos. A él le tocaba lo mejor: los autos de adelante, que siempre eran de los familiares cercanos, quienes vaya a saber qué dejaban mejor propina.
Ni bien el coche frenó frente a la entrada principal, yo estaba por ponerme a encarar a los conductores de mi zona, cuando por pura curiosidad giré mi cabeza hacia el portón del cementerio (zona del Mono) y veo al Mono salir corriendo, desesperado.
“¿Qué hace este?” Pensé intrigado. Fueron dos segundos de desorientación, hasta que vi que quién se bajaba del segundo coche, el de los familiares directos del difunto, era nada más ni nada menos que el padre del Mono.
Quedé paralizado. El viejo, con su delicadeza característica, pegó un grito agudo, que retumbó en todos los nichos: – “¡¡¡Vení para acá retardado!!!”. El Mono detuvo su infructuosa huída y volvío, dudando, como perro cascoteado, hacia la puerta principal. – “¡Ponete la remera y manoteá de ahí!” le ordenó, señalando el cajón, al cuerpito tembloroso del pobre Mono.
Escondido detrás de un gordo de traje, pude leer que se trataba del deceso de la abuela del Mono. Situación difícil si la hay… Por respeto, con Toto decidimos mantenernos a una distancia prudente, y no cuidar ningún coche.
