(Cualquier semejanza con la realidad es puta coincidencia)
Dice que una noche de verano se cansó de ella misma, manoteó la cajita musical que no supo planear desde el cuarto piso, y en el mismo acto de emoción violenta le pateó la cama al bolas triste que siempre se quedaba dormido antes del momento de ella.
Junto con el infeliz, voló el broche nacarado y dando un portazo sacudió la melena suelta, como Gloria Trevi adolescente. Mientras enfilaba para la pieza a tirar las sábanas, se despegó el jean a pisotazos y agarró del estante de arriba del ropero la pollera hippie. Asegura que oyó el ruido de rotas cadenas cuando estampó las perlas hipoalergénicas contra el espejo y debutaron en sus orejas un par de atrapadores de sueños artesanales con olor a cannabis.
Dice que por la sal del tequila no se puede acordar cómo termino esa madrugada durmiendo sobre el escalón de mármol de la entrada de su casa.
Esa misma tarde salió sacando pecho y con tranco largo por el medio de la vereda. Quiso el destino que no se cruzara ningún play móvil en su camino. Ya en la asamblea universitaria, sin pedir la palabra ni respetar el orden del día, se declaró “anarcofeminista” y juró con el índice en alto que algo crecería desde el pie. Al que le guste bien, y al que no también.
La euforia de sentirse como un pájaro libre de libre vuelo, le duró lo que dura un resfrío. Mucho más que el tiempo que tardó en encamarse sin culpa con el primero más o menos potable que apareció (que no fue el bolas triste infelíz). Después de una batalla con pocos tabúes, mientras alejaba al pegajoso con el codo izquierdo, se estiraba hacia la mesita de luz para prender un armado y soñar con un futuro de viajes, éxito laboral y poder, bien lejos de la cocina y de los pañales.
Venía bien la historia, pero enseguida empecé a sentir que resumía demasiado, como quien quiere pasar a hablar de lo que vino después, hasta el ahora.
De una sonrisa sincera, saltó a clavar la mirada al piso, vaya uno a saber por qué siniestra imagen. Quiso desclavarse balbuceando una igualdad de derechos y logros del género, pero al no tener pañuelos ni respiración asistida, dejó de hablar del pasado, se sonó los mocos con los pañuelos descartables que ofrecí en silencio, y ya no pudo seguir esquivando el bulto.
Casi que preferiría no seguir… me da angustia ajena hablar de las 10 hs. diarias de trabajo para gastar el sueldo en alquiler, ropa, perfumes y algún que otro viaje al exterior, hasta llegar a los 40 y pico con el nido más triste que el nido vacío, porque está inmaculado, sin estrenar. Apostaría mi tordillo a que añora las estrías de un embarazo que nunca tuvo, al menos pasando el tercer mes.
No puede seguir hablando, algo desde adentro le quita el aire. Se para y sin mirarme intenta decir algo como: inseminación artificial, pero se ve que es una palabra jodida, porque le sale: ideal. Le digo que se siente y se calme pero es imposible detener semejante huida… semejante realidad.